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Herencias que cuentan

“No creo que haya algo más argentino que la palabra che, tampoco alguien que represente mejor la rebeldía, la pasión, la sensibilidad y el coraje como lo hizo el Che. A él tienes que visitar, ya no en vida por obvias razones, pero sí a su infancia, a ese lugar que fue su salvavidas, a esa pequeña ciudad que lo contuvo durante sus malos momentos de salud, y quizás el entorno que le dio los cojones suficientes para ser un hombre con todas las letras, un hombre cuya existencia nos hace sentir al género masculino como simples nenas acomodadas en nuestras vidas de cedas. A él quiero que imites, ¡no a mí hijo mío!, ¡a él! Yo solo soy un simple engendrador de tu vida por la gracia que me dio el de arriba, pero este respetable señor del que te hablo, a ese debes imitar sin reproches ni objeciones. Si haces bien esta única labor que te encomiendo, si solo pudieras tomar para tu vida un segundo de la de él, te aseguro que muchos orgullos provocarás en este ser.”

Alta Gracia
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Esto me dijo mi padre en muchas ocasiones, creo haber escuchado este sermón más de cien veces, pero nunca lo sentí más profundo como el día en que dejé mi casa para cumplir mi palabra. De esa fecha solo recuerdo esto. Sentí como si hubiese borrado el resto excepto a partir del momento en que llegué a Alta Gracia, el aire ideal para Teté. Creí que me encontraría con algo más concurrido por la gente, pero este ambiente de cotidianeidad me hizo trasladar con facilidad a la época de infancia y adolescencia que vivió Ernesto. He venido acá para entender un poco más a este personaje que adquirió cierto misticismo en mi vida debido a la idolatría que mi padre le otorgaba. Siento como si fuera ayer recordar como mi padre dedicaba días enteros en relatarme de memoria la historia de Ernesto, sus viajes y sus escritos.

Finalmente acá estoy en Villa Nydia, en este lugar que, aun siendo un museo en la actualidad, posee más apariencia y sobretodo, más espíritu de hogar que muchas casas de familia en las que he estado. Puedo ver a Ernesto escribiendo en su máquina de escribir, leyendo a Sandokan o a Julio Verne, y hasta postrado en su lecho en los días en que el asma intentaba quitarle los mejores recuerdos de su infancia.

“Creo que cumplí papá, no con creces, porque entre más me adentro en el pasado de tu ídolo, no seré un segundo como él; pero de lo que sí estoy seguro viejo, es que me has dejado el mejor y el más valioso de los legado: compartir conmigo tu pasión y ayudarme a embarcarme en este viaje que no se borrará jamás de mi vida. Te amo papá.”

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Miguel Angel Fierro Uribe

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